Y de repente suelta una palabra.
Nada, una pequeñez sin importancia, pero que sin embargo te hace evocar historias pasadas.
Y recuerdas lo mal que lo pasaste, y lo bien, también.
Y te preguntas cómo carajo has llegado hasta aquí.
Y de repente lo miras a los ojos.
Y te das cuenta de la suerte que has tenido, ya que las cosas no podrían haber salido mejor.
Porque al fin y al cabo, él está a tu lado.
Y ya no importa que aquélla persona se fuera.
¡Menos mal que se fue!
Ya no importa todo el dolor enfermizo que sufrí,
Ni el insomnio,
Ni la desidia,
Ni todas las veces que sentí morir.
Porque he encontrado una cura y es él.
Y sonrío, porque sí, porque es hermoso.
Porque me doy cuenta de que en ese mismo instante él está experimentando el mismo proceso interno.
¿Cómo llamarlo, si no es felicidad?
Y es increíble porque los dos lo sabemos.
Sin decir nada lo sabemos.
Pero lo decimos.
No más que para corroborar lo que es evidente.
Y sí, yo me lo creo cuando me dicen que una vez tocado fondo vas a alcanzar la cima,
Porque ahora mismo estoy en ella y, joder,
¡No veas qué vistas!
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